Mientras revisaba la web del NY Times me ha llamado la atención un estudio realizado por la Columbia Journalism Review entre 665 revistas, y que versaba sobre las prácticas y rentabilidad de sus páginas webs. En la investigación han participado desde revistas de gran consumo como Time, Wired o Redbook (con una circulación superior a 500.000 ejemplares), a publicaciones más de nicho como ArtNews, New Jerswy Monthly o Nascar Illustrated (con tiradas inferiores a 100.000).
La principal conclusión a la que llega el estudio, en palabras del propio director de la revista Victor Navasky, es que no existe un convenio de normas comúnmente aceptado para este nuevo medio. Un verdadero caos, que se resume en la frase “the only thing standard about magazines´s websites is that there are no standards”.
Otras conclusiones que arroja el informe son las siguientes:
- Tan solo un tercio de las publicaciones obtiene beneficios.
- Más de la mitad de las revistas ofrecen el 100% del contenido de su edición impresa gratuitamente en su web. Únicamente un 14% soporta un modelo por suscripción.
- La rentabilidad y los modelos de pago por contenido (suscripción principalmente) no van de la mano. Si bien un 49% de las webs no rentables ofrecen el 100% de su contenido online, el 65% de las que sí son rentables también siguen esta misma práctica. No existe por tanto una relación nítida entre ambos conceptos.
¿Por qué nos cuesta tanto pagar por el contenido digital? ¿Por qué en el mundo online ofrecemos esa resistencia a pagar por contenido por el que seguramente sí estaríamos dispuestos a pagar offline? ¿Dónde está el fallo?
Sobre esta problemática se ha hablado ya largo y tendido, y justamente ahora con el lanzamiento de Orbyt por parte de El Mundo se está hablando más que nunca. Y como siempre, los hay que le presagian un gran futuro y los hay que anuncian grandes calamidades. Una nueva debacle. El debate, cómo no, gira en torno a las cuestiones de siempre. Que si no ofrece una diferenciación apreciable respecto al contenido gratuito o que si no aporta ningún valor a los usuarios.
Puede que ese caos del que hablábamos anteriormente sea una de las causas que nos empuja a no valorar suficientemente el contenido online como para pagar por él. Hay muchas otras, claro.
¿Y qué pasa con la calidad del contenido online? ¿Equipararíais la calidad del contenido online que consumís con la del contenido de las publicaciones impresas que leéis, por las que generalmente sí pagamos? Veamos qué opinan las propias generadoras del contenido, las propias revistas.

A la pregunta sobre la corrección de sus contenidos online, tan solo el 41% de las publicaciones afirma que lo trata con la misma rigurosidad que su contenido impreso, mientras que el 48% reconoce que lo hace con menor severidad. De hecho, un 11% de la muestra directamente no los corrige.
Por otra parte, únicamente el 57% de las publicaciones aseguran que el proceso de verificación de su contenido online es igual de exigente que el de su contenido impreso. El 27% comprueba la veracidad de su información menos rigurosamente, mientras que el resto ni lo hace.
Evidentemente, estos dos últimos datos que nos suministra el estudio ayudan bien poco a modificar la percepción que muchos usuarios tienen del contenido online.
Es por esto que enfocándolo bien, estas publicaciones en lugar de devanarse los sesos buscando la forma de cobrar por su contenido, quizás deberían dedicar más esfuerzos a mejorar la calidad del mismo. A lavar su imagen. Sin duda, condición indispensable para que los usuarios cambiemos nuestra actitud y le otorguemos más valor.
Estoy profundamente convencido de que más tarde o más temprano acabaremos pagando por el contenido online. Pero hasta que los creadores de ese contenido no se decidan a dar un paso al frente y apostar por él incondicionalmente, será complicado que el mercado esté dispuesto a rascarse el bolsillo.
Alguna referencia tienen. Ahí está la SGAE. Al menos ya saben a quién no deben imitar.
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