Lo tengo claro. Si el año pasado (o el anterior, ya no lo recuerdo) el “galardón” se lo llevó la Nespresso de Nestlé y George Clooney, estoy convencido de que estas Navidades el “regalo estrella” va a ser el iPad de Apple y Steve Jobs. Y si no somos aún más solemnes con tal afirmación es porque estamos estancados en esta crisis que amenaza con perpetuarse y el precio del cacharro se sitúa a partir de los $499. Como dicen en mi tierra “poca broma”.
No quiero ni imaginar si el iPad se vendiera al precio de la Nespresso (€150) y hubiese aparecido en el mercado en el momento en que surgió esta, durante la época de bonanza económica que curiosamente ahora ya recordamos tan lejana, como si se tratara de un flasback de Perdidos, de algo que soñamos pero nunca llegó a pasar. Sin duda Santa Claus se hubiera visto abocado a establecer su cuartel general en Cupertino para optimizar su logística. No habría dado abasto.
Pero no es así. El precio es el que es y la situación es la que es, para alegría del gordinflón de rojo, cuya edad ya no le permite esos trotes. Pero aún así sigo pensando que Apple va a cerrar el presente año con un volumen de ventas de iPads estratosférico y probablemente muy superior a las expectativas generadas inicialmente.
Todavía recuerdo todas las dudas que generó la nueva invención de Apple tras su lanzamiento. Todos los ríos de tinta que corrieron previamente a su presentación, y ese sentimiento de desazón que impregnó el ambiente a posteriori. Muchos fueron los que dudaron del iPad (yo mismo), los que se preguntaban para qué diablos servía ese tablet a mitad camino entre un móvil y un portátil. Muchas bromas se hicieron al respecto. Mucho se habló sobre la posibilidad de que esta vez Steve Jobs hubiese errado el tiro.
Pero mucho me temo que todos estábamos equivocados. Al menos esa fue mi sensación ayer mismo cuando al entrar en un MediaMarkt vi una larga cola de gente y más tarde comprobé que la cola era para probar el iPad. Unas 20 personas, un martes a las 15:30, un día de verano, un día de playa, en rigurosa línea, esperado pacientemente en torno a unos veinte minutos a que les tocara el turno para deleitar esa maravilla tecnológica. Y allí estaba el iPad, en una especie de atril situado en el lugar más prominente del establecimiento, emulando al cáliz de cualquier iglesia.
Y lo más convincente de todo fue la reacción de la gente. Me acerqué por curiosidad para oír los comentarios de algunos que desfilaban por los pasillos tras vivir esa “experiencia religiosa” que parece ser supone probar el iPad por primera vez, y os puedo asegurar que vi a la gente entusiasmada. Parecían hechizados.
Y fue entonces cuando comprendí el por qué de nuestras dudas iniciales sobre el iPad. Era normal. Apple se ha inventando un mercado donde no lo había. No estábamos preparados para valorar un artilugio al que nos costaba horrores encasillar mentalmente. ¿Qué es? ¿Para qué sirve?
Pues es un iPad y sirve para morirme de envidia por no tener todavía uno. Y tengo la sensación de que no encontrarme sólo frente a este deseo. Veremos si la Navidad obra el milagro.
Y para aquellos que quieran algo más que sensaciones, también podemos echar mano de los números. Justamente cuando se cumplían 80 días de su introducción en el mercado americano, hace un par de semanas, el iPad alcanzó los 3 millones de unidades vendidas. Aparte, ya existen más de 225.000 aplicaciones para el iPad disponibles en la App Store.
¿No está mal la que ha liado para llevar con vida apenas tres meses, no?
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